Amas de Casa Desesperadas
viernes, enero 05, 2007
posted by Desperate Fan at 9:32 p. m.

Dicen que el pasado justifica el presente y dispara hacia el futuro en un ciclo constante e instructivo. En su vida, las reminiscencias son herramientas válidas, y volver la vista a los orígenes siempre despunta algún descubrimiento. Araceli González (39) no sólo admite ser adepta a la creencia popular de la “crisis de los 40”, sino, también, asegura sentir que avanza en su preámbulo. “No hablo de marcas físicas, porque me tienen sin cuidado; me refiero a una cuestión existencial. Este año cumpliré cuatro décadas, y tengo un listado infinito de preguntas que formularme a mí misma. Permanentemente, exploro, reviso, retrocedo, y trato de buscar explicaciones y razones del estar aquí.”
Abre cajones de su historial personal y de cada uno saca una hoja, donde transcribe las más íntimas vivencias que recuerda desde que comenzó a tener uso de razón: “Es una costumbre que surgió a partir de una serie de conflictos y situaciones dolorosas. Así comencé a bucear en la historia femenina de mi familia. Fueron varias generaciones de mujeres solas, fuertes, valientes, en donde el concepto del amor estaba desdibujado. Y me di cuenta de que mi hija, Florencia, es el resultado mejorado de todas nosotras. Como su nombre lo indica, es la flor de la familia. Comparte los mismos rasgos, pero no calla lo que siente”.

—¿Ha callado mucho en su vida?
—Una cosa, y muy fuerte. Pero siempre llega la hora, y hace unos días lo conté en mi sesión de terapia; esa es la razón de la faringitis que me tiene afectada. Cuarenta años de silencio, sobre un conflicto familiar muy privado.

`La última vez que estuve en Brasil, me tiraron las runas —cuenta Araceli en un impasse de la producción y sin otro disparador aparente más que el paisaje de Angra—. Me dijeron que en una vida pasada había sido una guerrera de no recuerdo qué siglo´. No cabe duda alguna que no le falta actitud. Es una empresa —fuerte y bien valuada— en sí misma, además de madre y mujer. Pero cuando todos duermen, abandona las ropas de combate y la espada por la pluma.

—¿Escribir para sanar?
—Es un arte que me dignifica. Cuando narro, el punto de referencia soy yo misma; así fueron asomando cosas desde mi interior, con nombres de fantasía para restarle tragedia y perder cohibición. Se genera un diálogo unipersonal. A veces siento que a quienes podría contarles cosas no entienden lo que realmente me pasa y que no habrá un ida y vuelta.

Habla de postergación. De una habilidad presionada por las pautas de vida con las que creció. “Los mandatos maternos y la necesidad del trabajo prematuro me alejaron de eso que, para mí, es lo más importante. Y hace un tiempo comencé a sentir la soledad, y la escritura resultó ser la mejor de mis compañías.”
Y la noche, que es el tiempo de la cita entre Araceli y sus recuerdos, dejó paso a la nena de Ramos Mejía. A la que sus abuelos maternos recibieron en su casa y aliviaron el dolor de las heridas del divorcio de sus padres. `La nena aparece en momentos cotidianos y me da una bocanada de espontaneidad, la inocencia de actitud, esa que no tiene estrategias y que la gente sabe valorar. Fue la referencia de mi primer libro infantil, ‘Ada en el Jardín de los Miedos’. Y aunque todavía duermo con la luz encendida del baño por la fobia que me produce el abrir los ojos y no ver más que negro, pude exorcizar muchos temores.´

—La soledad. ¿Es su buena consejera?
—Con el tiempo me hice amiga. Porque descubrí que una cosa es estar sola a partir de un abandono o una enfermedad, y otra muy distinta es la soledad cotidiana, que aparece por momentos. Esta es la que disfruto, porque la uso para pintar, leer y escribir. Tanto me enriquece esa soledad, que hasta me llevó a ser lo que soy hoy.

—¿Y qué es hoy?
—Una mujer que dejó atrás la pasión por el vértigo. Ya no soy tan revolucionaria, hoy elijo ser más creativa. Descarté de mis hábitos la televisión y las películas; las cambié por el aire libre, las charlas y la cocina. Porque nadie sabe que del asado en casa me encargo yo.

Esa niña musa, tan nocturna y repentina, por momentos le susurra poesías del abuelo Adolfo. Siempre lo definió como el gran referente masculino de su vida, por trabajador, fuerte y `pillo´, como todo hombre. Araceli recuerda: `En el tiempo que viví con mis abuelos, existía un ritual muy establecido: luego de cenar, mi abuela servía tres moscatitos. Uno para ella, uno para el abuelo y otro para mí. A ese momento le seguía la instancia de lecturas y relatos´.

—¿Qué decía el mejor cuento del abuelo Adolfo?
—Siempre narraba una poesía de su propia autoría —aunque nunca firmó ninguna de ellas—, sobre lo que se aprende al transitar el camino de la vida. El relato contaba el choque de dos hombres que andaban con prisa por la calle. Uno decía: `Disculpe, no lo vi´. Y el otro respondía: `Suele pasar, cuando la vista se acorta es cuando se comienza a ver realmente.´

Una moraleja poco casual, tanto como la selección del recuerdo. Araceli habló de postergación, de una juventud con necesidades y varias pautas que debió sortear. `Fui una mujer precoz —admite—; enfermedades familiares, separaciones conflictivas y la necesidad de salir a dignificar a mi madre con el trabajo prematuro, forjaron mi madurez desde muy pequeña.´
A los 12 años, animaba fiestas infantiles con su amiga Carolina. Al cumplir los 15, salió a vender las alpargatas del stock de sobrantes del verano, que había adquirido a un fabricante. Pero a fines de marzo, el negocio no rindió. A los 13 tuvo su primer novio, y a los 19, esperaba un bebé. `Todo tiene un por qué —explica—. Floppy debía venir en ese momento. No imagino la vida sin esta gran compañera´. Araceli no tiene cuidado en quebrantarse, porque lagrimea de orgullo.

—¿Qué tan seguido llora?
—Todo el tiempo, soy muy llorona. Vivir intensamente me agota, pero no puedo evitarlo.

—Florencia Torrente (18)
—Se bancó mis equivocaciones y tropiezos. En situaciones difíciles aprendí de sus consejos. A pesar de mis pobrezas permitió que sea su mamá, sin faltarme jamás el respeto. Crecimos juntas, a base de diálogos abiertos y experiencias compartidas, que hicieron de mí una mujer mejor puesta. Hoy puedo verme reflejada en ella.

—¿Sufrió el destete?
—Fue terrible para mí verla archivar su colección de Barbies. Luego siguió el día en que tuve que aprender a golpear la puerta de su cuarto para visitarla. Hoy, la espero sin apuro. Dejo que ella venga a hablar conmigo si lo necesita. Aunque muchas veces, y cuando necesito una amiga en medio de la noche, la llamo a su interno para que duerma conmigo.

—Tomás Kirzner (8)
— (Suspira). Saca mi parte femenina, el de la mujer que se relaciona con el hombre. Quiero hacerlo un hombrazo, noble y galante. Escucha mis consejos sobre el respeto a las mujeres. Hace poco sostuvo un diálogo interesante con su abuela. Mamá está saliendo con un señor y al día siguiente de la primera cita, cuando estábamos comiendo, `Toto´ interrumpió: ‘Abuela, ¿qué tal vos, con ese hombre? Me imagino que pasa a buscarte y después te lleva a tu casa, ¿no? Porque los hombres deben ser caballeros con las mujeres’, le dijo.

—¿Regresan los temores?
—Sufro, como todos los padres. Flor evolucionó conmigo, pero Totito me encontró mañosa. No quiero inculcarles temores, sino darles armas para salir a la calle. Porque mamá fue divina pero, sobre todo, inocente. A mi hermano y a mí nos educó para un mundo que no coincidía con la realidad. Y fue difícil entender que necesitábamos estrategias para sobrevivir afuera.


—Estrategias. ¿La exposición es un arma peligrosa?
—Y de doble filo. Hay una devolución afectuosa, pero la contrapartida es la pérdida de la privacidad. La gente cree que lo que consume de mí es una ficción y se trata de mi vida real, en la que como todo ser crezco, sufro y soy vulnerable. Por mi fama debí postergar muchas cosas que me hubiese gustado hacer. No me atreví a hacerlas a riesgo de salir en una tapa de revista.

—La situación más dolorosa que la fama le hizo sentir.
—La separación de Adrián Suar (38). Sentía que había perdido mi baldosa, que todo lo que creía firme se derrumbaba. Quería ser yo misma, con mi cara de dolor, mi duelo. Y las cámaras siguiendo ese proceso lo hacían más duro, me martirizaban. Tal vez porque no puedo disimular, la gente se solidarizó. Por la calle me decían que se identificaban con mi pena. Entendí que cuanto más humana me ven, más se apropian de mí.

—¿Es por esa familiaridad, que el público no puede verla sin amores formales?
—La gente quiere verme bien, y no pueden creer que esté sola. Como si fuese un hecho extraño. Muchas mujeres de mi edad cargan con la problemática de no encontrar un par. Es como un mal general; vivimos tiempos en los que las personas no conectan con la esencia o el costado más profundo de los otros y eligen caminos virtuales para relacionarse.

—¿Eso quiere decir que incursionó en el chat para conocer gente?
—Hubo una época en la que chateé mucho, obvio que detrás de un seudónimo. Después comentábamos con mis amigas las cosas tan profundas que los tipos cuentan por esa vía. Es increíble que no podamos liberarnos y hablarnos a la cara, ni siquiera en la conquista amorosa.
—¿Usted es una mujer libre?
—Estoy en proceso. Hoy me siento un ekeko lleno de cosas, de las que va desprendiéndose por el camino. La libertad que persigo es la que tiene que ver con la búsqueda de mí misma, y esa no termina nunca pero alivia el andar.

—`El hombre de mi vida´. ¿Un mito consuelo?
—Algo así. Creo en el compañero, es una figura más real. Alguien que sepa escuchar y compartir, que se relaje junto con una, y una pueda desarmarse por completo. Si encuentro a alguien así, ahí me quedo para siempre. Necesito que alguien me haga olvidar la urgencia, la vida apurada. Quiero tener al lado un hombre que muestre con honestidad lo que piensa, que realmente se deje conocer. No me interesa meterme en la cama con armadura, quiero hacerlo desnuda y confiada. De no ser así, elijo la soledad.

—Sin embargo, alguna vez dijo que la seducían los hombres misteriosos.
—Sí, misteriosos, pero no mentirosos. Me atraen los hombres con intriga, sin estrategias ni obviedades. Me seduce la seguridad, el hombre independiente, que conoce su espacio y desconoce el machismo. Los tipos babosos que se regalan, me causan náuseas.

—Lo que aprendió de la seducción en casi cuatro décadas.
—De chicas, todas las mujeres somos un poco `trolas´ e intentamos conquistar compulsivamente. Y aunque es parte de la esencia femenina, nada me cuesta más que seducir sin caer en la timidez. Sólo puedo ser una mujer fatal y completamente desenfrenada cuando estoy con el hombre que quiero.

A medida que la conversación serpentea en el terreno del amor, Araceli intuye y se pone en guardia con humor inteligente.

—¿Cuál es la pregunta que detesta contestar?
—Las que tienen que ver con Adrián y, principalmente, la de si duerme o no en casa. ¿Hay algo más básico?

—Matrimonio. ¿La tercera será la vencida?
—Tanto es el temor a equivocarme una vez más, que tomo dos sesiones de terapia por semana para bancarme el karma. Pero casarme, y es algo de lo que estoy segura, no volvería a hacerlo. Dos veces es más que suficiente, al menos para mí.

—El público del gran show de Araceli quiere ver el final feliz. ¿Cómo será?
—Lo verán en menos de diez años. Disfruto lo que vivo, pero es efímero, y estoy madurando la idea de retirarme por completo. En mi fantasía existe una casita en Playa del Carmen, donde otras inquietudes van a movilizarme y me dedicaré sólo a escribir. Odio el divismo del estrellato y sus actitudes de soberbia. Creo que la vida pasa por otro lado y quiero experimentar un modo más profundo de vivirla. Quiero preservarme del medio, manteniéndome auténtica y fiel a mi esencia hasta el día de mi muerte. Ese será el momento cumbre de mi evolución.

—El minuto a minuto exige amor.
—Ahora que pasaron los tiempos de tristeza, de un dolor que me hizo estar muy mal, nada más quisiera que volver a encontrar una pareja. Mucho se ha estado hablando de mi acercamiento con Adrián en todo este tiempo, y ese tema también es parte de mi búsqueda. Aún no sé si repetiría la experiencia, si daría un paso seguro al respecto. No tengo en claro la situación. El es un hombre con fuerte peso en mi vida, con quien tengo un hijo al que vimos nacer y crecer, tan juntos como lloramos varias veces. Por lo que Suar y yo estamos unidos por un vínculo indisoluble. Realmente no sé qué me traerán estos años; mientras, sigo en la búsqueda constante.

Fuente: Revista Caras.
 

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