Amas de Casa Desesperadas
viernes, febrero 09, 2007
posted by Mr. Daho at 5:27 a. m.

"Cuando estoy a tu lado me siento un mejor tipo", le susurra romántico Raúl Taibo a Soledad Silveyra. Mientras sostiene su mirada de playboy maduro, el director insta a un corte y en milésimas nomás derrumba un clímax que parecía real. Tanta credibilidad esconde un motivo: el hombre de los ojos azules que acaba de cumplir 53 años repite un juego de seducción con "Solita" que estrenó dos décadas y media atrás. El reencuentro en pantalla en La ley del amor (Telefé) es una suerte de revival del primer cruce en una telenovela (Laura mía (1982), en la que la dupla se juraba tanto amor que terminó por aceptarlo meses después en la vida real.
"Por más que haya pasado el tiempo y cada uno haya hecho su camino, quieras o no, una relación como la que tuvimos nos hermana profundamente", se sincera ya en su camarín, dueño de un almidonado traje azul, una prolijísima barba, un perfume envolvente y una fina estampa general que podrían permitir confundirlo con un distinguido empresario.
Taibo es ya un galán maduro al que la vida no siempre le ha sonreído. Desde su época de "Los galancitos" (a comienzos de los '80 junto a Ricardo Darín) el muchacho criado en Avellaneda desfiló por las páginas de cientos de revista y por razones bien diversas. Romances, decenas de culebrones televisivos y problemas de salud fueron causas más que suficientes para la exposición. Hoy se ufana de un camino recorrido (35 años de carrera) y una simbiosis con Silveyra que los devuelve juntos a la pantalla no por casualidad. Después de Amor en custodia, donde encarnaba al ex amante de la protagonista Franceso Fosco (empezó por pocos capítulos y terminó con una fuerte presencia en la historia), Telefé volvió a pensar en el dueto para las tardes.
La historia: Renata Guerrico (Silveyra) es una jueza federal reconocida, con un pasado turbulento y un amor de juventud (Ignacio, Raúl Taibo) con quien se reencuentra 28 años más tarde.En el último tiempo, la pareja Arana-Oreiro le sacó brillo a la química mutua.

¿Qué distintivo le encontrás a tu pareja de ficción?
Conocer a Solita hace casi treinta años es una ventaja frente a la cámara. Influye a la hora de conectarnos. Y que nos haya unido una relación aún más. Con Soledad (Silveyra) hay una comunión.
Tenías ganas de hacer una comedia familiar, había ofrecimientos de Pol-ka y finalmente te decidiste por volver a la telenovela. ¿Por qué?
Tuvo gran preponderancia el volver a trabajar con Soledad. Era la posibilidad de un nuevo encuentro. De una vuelta hermosa de la vida. De volver a meternos en un proyecto en común.
¿Creés en el concepto de galán en una época en la que la televisión cuenta el amor de otra manera?
Para mí no hay actores de telenovela. El galán es un personaje más. No soy de los que catalogan. Me centro en las historias. A lo mejor a mí se me reconoce más por la telenovela, pero no fue lo único que hice. Vicente (el ciego de El sodero de mi vida) y el comisario Castro (099 central) fueron memorables para mí. O el Don Juan que interpreté en teatro. Hice tanto en tanto tiempo que no tengo materias pendientes.
¿Qué lado te conmovió más de tu personaje de Ignacio Pinedo?
El hecho de que resulte un tipo oscuro, con una obsesión. El es exitoso, fue criado con una visión empresaria, pero tiene contradicciones como un costado artístico, ama tocar el piano. Y está envuelto en muchos secretos. Me da la impresión de que todavía es un tipo por nacer. Siento que lo más rico va a ser su transformación.
Hace años dijiste que te metiste en la actuación muy a pesar tuyo. ¿Realmente fue tan así?
Sí, claro, yo trabajaba en el equipo técnico de Canal 9 por mi papá. Me gustaba el oficio. Lo llevaba en la sangre. Pero un día como una broma me pusieron delante de cámara. Y de esa broma surgió otra en la que me hicieron hacer escenas mudas. Al tercer capítulo me dieron letra, una especie de monólogo porque creyeron que yo lo podía hacer en La familia duerme en casa. Yo estaba en aquel momento estudiando arquitectura, pero necesitaba ganar plata.
¿En qué momento te cayó la ficha y comenzaste a tomar en serio la profesión?
En 1983 más o menos. Pero hasta el momento era solo mi sustento económico. El enganche fue puntualmente cuando hice teatro y cuando me topé con Tincho Zabala, Marcos Zucker y nombres de ese estilo. Redescubrí la profesión y ya que no había estudiado, aproveché la compañía de esos grandes maestros. Nunca me metí en una academia, pero reconozco que mis maestros fueron mis compañeros y directores.

Sin quererlo, Raúl Jorge Tignanelli (como en verdad se llama "nombre que significa algo así como los hijos del dios del trueno") entra y sale de la entrevista interponiendo postales que lo conmueven. Recuerda que a los seis quería ser constructor de puentes y a los 18 se metió a estudiar arquitectura sin imaginar un futuro mediático. Y vuelve a traer a la memoria al "gordito feliz" que fue a los 13. "El cambio mío fue muy notorio. No me daba cuenta de mi sobrepeso en aquel momento, pero cuando pegué el estirón, ir al mundo de los flacos fue descomunal. Lo que cambió fue la mirada de los demás ante mí", juzga.
"La separación de mis padres fue traumática porque nunca me llegó la noticia. Un día cambió el recorrido a casa y eso me impactó", evoca. Durante años su universo fue la radio. Su padre trabajaba en El Mundo y los encuentros tenían como telón de fondo la emisora. "Me recuerdo a los 11 mandando al aire un programa. Yo quería aprender a manejar todo. Supe picar discos, mandar a la tanda, abrir micrófonos. Un día papá se fue un segundo y el locutor me pidió aire. Me sentía en la NASA", ríe ante su propio relato.
El ex gigoló al que apuntaban las revistas de chimentos en los '80 reconoce que, efectivamente, ha tenido decenas de romances aunque "todos desparejos". Hoy, padre de María Antonella, de 17 años y sin pareja a la vista, jura que su apariencia dejó de ser su preocupación. "Desde que dejé el tema del protagonismo años atrás me volví más espiritual", cuenta.
Golpean la puerta. Ignacio debe salir otra vez del cuerpo de Taibo y él acepta, no sin antes soltar un buen remate. Dice que en este medio siglo de vida pasó "por diversidad de transformaciones", entre las que se cuenta la muerte de su hermano (Ver recuadro). "Desde chico uno debe aprender a morir. Yo acepto y transformo".

La madre, el hermano, el dolor
"Mamá está retirada y no hay vuelta atrás", explica Taibo cuando el tema es el alejamiento hace ya algunos años de su madre, Beatriz Taibo, de la televisión. "A raíz de lo que ocurrió con mi hermano ella decidió dejar todo. El grado de exposición que requiere hoy ser actor y lo que se vende de la gente pública tiene que ver con su decisión. Nunca pensó que le iba a doler tanto la forma en que se vio expuesta en los medios en la tragedia. Y tener que seguir estando expuesta a ese dolor como una obligación, como una especie de crueldad. le hizo decidir no seguir participando", juzga. Su hermano menor, Marcelo (hijo de Beatriz y del productor Tito Olivero), murió atropellado por un tren en Núñez en junio de 2004.

Cómo será su cuarta película
"Yo tengo una gran responsabilidad en que el cine sea lo que menos exploré en mi vida artística. Dediqué mucho tiempo a la tele y al teatro y entonces me faltó espacio para abocarme devocionalmente al cine", explica el galán de las cinco décadas que acaba de rodar Hunabku, de Pablo César, donde es protagonista junto a Florencia Raggi.
"En término maya la palabras sería lo que nosotros consideramos como la mayor fuente de energía, el centro de la galaxia. Se trata justamente de escuchar a la tierra", detalla. ¿Una trama mística? No, simplemente un "una historia de estados de conciencia, de demostración de que uno puede percibir otras cosas aún dentro de la vorágine y la rutina", agrega.
En el filme (en el que también actúa Boy Olmi), Taibo interpreta a Federico, un arquitecto que se lleva a su familia a vivir a El Calafate y en medio del paisaje sureño se topa "con hechos sutiles pero hermosos". "Mi hijo Lucas (Tahiel Arévalo), de 13 años, empieza a percibir otro mensaje. Y entra en esa frecuencia, lo que permite que nosotros, sus padres, cambiemos de alguna manera el foco que tenemos de nuestras vidas", cuenta feliz por lo que será su cuarto filme. "Al fin me metí en el cine independiente", suspira.

Tiempo al tiempo
Cada vez más gente por el mundo desmiente con su simple presencia aquello de que la juventud es el divino tesoro. Y no se trata sólo de serenidad o sabiduría. Miren si no, muchachas, a este Taibo. Y recuerden. Un joven bonito sin salpimentar y revestido, a cambio, de la fatal arrogancia del seductor a mansalva. Un joven de presente eterno, y oscurecido por los escandaletes con sus dudosas rubias... A este Taibo el tiempo le definió los rasgos, le aplomó los gestos y lo convirtió, en definitiva, en un tipo mucho más interesante que aquel que se ganaba el sueldo haciendo de actor.
Fuente: Diario Clarín.
 

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