Amas de Casa Desesperadas
martes, agosto 29, 2006
posted by Desperate Fan at 3:46 p. m.

Carola me recibe con un té exquisito. Té en hebras con lemon pie y galletitas de avena. Todo casero, caserísimo. "No, la edad no la decimos", dice y tiene razón. Está viviendo ese tiempo en que las mujeres parecemos de 30 y pico: 34, 37 o 40 como muuuuuuuucho. ¿Para qué confesarla entonces?

¿Estás casada con Boy Olmi con papeles?
No, no. Jamás me casé. Nunca.

¿Hay un motivo?
No sé. Supongo que a esta altura del partido un poco de fobia debo tener. Un poquito fóbica soy. No quiero asustarme con el compromiso, prefiero hacerme la tonta, pero a la vez formo parejas re-contra estables. Y en este caso ni hablar. A Boy le encantaría casarse. El se casó dos veces.

¿Y con qué argumento quiere casarse por tercera vez?
A él le parece que nunca estuvo tantos años con alguien, y le parece que además es lindo dar la noticia, compartirla con los amigos y la gente querida. A mí ya me da miedo la gran organización de la fiesta.

Hay otra fobia posible: si está todo bien así, ¿para qué cambiar?
Con tantos años de pareja estaría bueno casarse de viejos. No sé. Me parece que puede ser como un homenaje a lo que uno ha vivido.

¿Por qué decidiste sólo tener un hijo? ¿Cómo fue tu experiencia con la maternidad?
Como soy intensa y soy controladora, muy sensible, muy culposa, la llegada del hijo fue muy fuerte desde el punto de vista del amor. Cuando recién me lo llevé a casa había puesto música clásica y acunaba al bebé. Y lloraba y lloraba. Y yo pensaba: "No sé qué hacer con tanto amor". Era demasiado, me sentía una esclava del amor. Cuando Rafa era chiquito tenía mucha culpa de dejarlo solo, esas cosas que nos pasan a las madres, que si salís a trabajar, tenés como un dolor de estómago. Creo que fue demasiado intenso. Y después conocí a Boy y él también tenía un hijo. Entonces conocernos cada uno con su hijo y armar el rompecabezas del tuyo, el mío, nosotros, fue fascinante y eso me mantuvo entretenida muchos años. Había otro chico. Funcionaban como hermanos sin serlo. Al principio era un quilombo tener otro hijo, y después yo sentí que había algo en casa que tenía una forma demasiado perfecta. Hemos vivido una vida muy intensa, muy jugosa. No es una falta. Cuando Rafa empezó su adolescencia, ahí yo sentí claramente que había dos opciones: o te bancás a fondo ese duelo de un niño que ya no te necesita o tenés otro.

¿Qué fue lo más duro? ¿Cuando empezó a viajar solo?
Es muy duro. Creo que a fin de séptimo se tomó por primera vez solo el colectivo.¡Un momento horrible!Un vacío en mis tardes. Porque yo hacía todo cerca del colegio para buscarlo a la hora de la salida. Hacía trampas, salía antes de yoga para pasar y decirle: "che, pero justo pasé", y él me decía: "No, ma, está todo bien, me voy con los chicos en el colectivo, andá sola". Y yo volviendo sola a casa porque la elección de él era otra. Fue muy doloroso, pero es lo que tiene que pasar. Y eso siguió con: "¿Querés venir al Tigre?", y me decía: "No, ma, prefiero no ir, disfruten ustedes". A veces en el verano estamos en la playa y, de repente, pasan los chicos y te dicen "chau" y siguen de largo (risas). Y con Boy decimos: "¿Y ahora qué hacemos?" (risas).

Tu amiga Inés Estévez dejó su profesión de actriz y encaró otra actividad. Más allá de tu relación personal, ¿te resultó perturbador? ¿Te dejó pensando?
Me pareció genial. Primero porque sinceramente no la veía disfrutar. Me pareció tan coherente con lo que le estaba pasando y tan valiente. ¿Por qué creer que uno necesita el hábito para hacer algo?

¿Por qué pensar que es tarde para empezar algo nuevo?
Exacto. Es lo que me pasa a mí cuando voy a esos lugares aislados. En la casita de Tigre tengo un grabador y un libro. Y vas a un lugar. Y con libertad de que todo es nuevo. Y lo de Inés es un ejemplo de que no hay edad, de que uno puede hacer todo el tiempo lo que quiere, ser creativo con la vida de uno.

Inés Estévez también habló de la exigencia de estar todo el tiempo linda y producida.
Cada una hace lo que puede y, por ejemplo, se retira a los 40, tipo Pelé en su mejor momento (risas). Yo, por ejemplo, no me miro en el monitor. Porque en el momento que veo la arruga o la ojera digo: "No me sirve". Me entrego totalmente al iluminador, a la maquilladora, al director, me entrego completamente. Después me quiero matar (risas).

¿Qué cosas hacés para estar linda?
Me cuido la piel porque tengo una piel frágil. Soy prolija con las cremas. Trato de comer sano porque tengo un aparato digestivo que no me permite hacerme mucho la loca. Tengo etapas de gimnasia que me duran de agosto a octubre. Soy gimnasta, me la creo, soy feliz y después abandono. Pero hice mucho yoga.

¿Nunca fantaseaste con hacerte alguna cirugía?
Me da mucho miedo. Si no me opero no tiene que ver con aceptar mi cara como es (risas). Creo que me da miedo, me da terror quedar mal, me da impresión.

¿Qué es lo más divertido de estar con Boy?
El le encuentra una manera creativa a lo cotidiano. Con lo que me quedé maravillada es justamente que allí donde hay pocos elementos, donde hay pocas cosas, ahí aparece Boy solucionando todo. Llegás a Tigre a las 11 de la noche. Y la puta que lo parió no hay gas y yo traje el raviol como único alimento. Para mí no hay salida. Mientras yo estoy gritando, Boy ya está juntando unos leños y lo ves armando un fuego en el piso y ahí busca la cacerola. Y comés los ravioles y guau.

¡Es un hombre!
Tiene un costado femenino en el buen sentido. Por ejemplo, este último cumpleaños me regaló un vestido precioso y un traje de neoprene. Porque él, aunque el mar esté helado, se mete igual. Siempre va un paso adelante. Me seduce.

¿Cómo fue que se presentó a bailar en Bailando por un sueño? ¿Es así como con el mar, va y se mete?
Va y se mete. Logra pasarlo bien. Yo le dije: "Boy, ¿hay necesidad, te parece?" (risas). Y me dijo: "Es una experiencia nueva, me parece genial bailar, yo nunca bailé". A él le gusta eso: meterse al mar como un desafío.

¿Había bailado antes?
Nunca jamás en la vida. Jamás (risas). Eso me gusta, me acostumbré a un lanzado. El y yo no somos iguales, aunque convivamos. El hace cosas que yo no haría y yo vivo cosas de una manera que él no las vive. A esta altura del partido podemos respetar lo que le gusta hacer al otro.

¿Sos parecida a Bree, tu personaje en Amas de casa desesperadas?
No me parezco. Soy una pésima ama de casa. Soy un desastre. Me cuesta resolver cosas prácticas. Me quejo de todo lo que está mal y no lo modifico. El personaje no, resuelve.En la serie las vecinas se reúnen a hablar de sus vidas.

¿Tenés un grupo de amigas con las que podés hablar todo?
Tengo un grupo de amigos de hace muchos años. Nos conocemos de muy jóvenes y hemos criado a nuestros hijos juntos. Tengo otras amigas a las que les cuento todo, algo más personal e íntimo. Tengo otros grupos de amigas que vienen de la actuación.

Las Amas de casa desesperadas no se cuentan todo...
Se cuentan lo que se quieren contar. Son buenas vecinas. Pero de eso trata el programa: una cosa es lo que se muestra y otra es lo que se esconde detrás de la puerta de casa.

Hablamos de hijos, marido, amigas, los años, las arrugas. Con una musiquita suave de fondo y comidita rica para el alma, hablamos hasta por los codos. Como dos vecinas, como dos amas de casa.

Fuente: www.clarin.com
 

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