Amas de Casa Desesperadas
martes, noviembre 21, 2006
posted by Desperate Fan at 2:52 p. m.

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Lo primero que llega a la cita son sus piernas.

(Un hombre puede escuchar el sonido áspero del jean en el instante en que se ciñe a la piel tersa y blanquísima, puede sentir el golpe seco y breve con que calza en el pubis, puede evocar el sonido chirriante del cierre –zzzzzzzip– cancelando esa promesa de deseo.)

Sus piernas, y luego la boca entreabierta, carnosa, húmeda, que dice: "Hola, mi vida". Es la primera vez que nos vemos, y el encuentro será breve, apenas un tajo en la delicada tela que resguarda a la actriz de la indiscreción de los demás. Espío por esa hendidura: veo una mujer espléndida en la cima de su vida, vulnerable y temerosa, cansada de la mirada de los otros pero entregada fatalmente a esa multitud de ojos. "Hagamos buenas fotos", dice, los dientes brillan en la boca pulposa. En ese espacio de fantasía –el set– es donde se dispondrá al juego, una mujer insinuante capaz de tomar riesgos. Pero no ahora: nos separa una prudencia invencible, hablamos como si ella no estuviera del todo aquí.

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"Cuando quieras nos juntamos", miente con descaro, los dos sabemos que nunca es así. Luciérnagas en celo vuelven a brillar en su boca. Camino a camarines, hojea algunas revistas importadas. Está harta de los clisés, de ser una imagen congelada del bienestar y el erotismo estandarizado. "Esto me encanta", señala una producción de Eva Longoria en GQ. Quiere que sean los fotógrafos que la han retratado siempre quienes se hagan cargo de la ficción: jugar para la cámara, insinuarse, una provocación bajo control. Con audacias, pero sin excesivos riesgos. Se entiende: ¿qué mujer sería capaz de entregarle a quienes la admiran una imagen inesperada que rompa el hechizo? Nadie quiere ver una Araceli distinta, ¿o sí?
Nos veremos algún día para almorzar.

Dice eso, gira sobre los tacos y se va.

Las piernas vuelven a acercarse a mi , y luego la muchacha apenas indispuesta por un leve resfrío. Es el atardecer de un día cualquiera, cuatro o cinco semanas después del primer encuentro. Hace unos minutos, Araceli terminó una grabación, y observándola durante algunas horas –apenas eso: una mirada que se posa sobre una estrella– pensé que su vida transcurre más tiempo en el universo de la ficción que en el mundo real. Ella cuenta que la ficción –el cine, la televisión, las sesiones de fotografía, los avisos publicitarios, y esa otra ficción que es saberse observada por los demás cuando su vida privada sucede en algún espacio público– llega a fatigarla… Los azares que suelen rodear a una entrevista hacen que de pronto recuerde uno de sus abismos.

–Panic attack –dice–, lo tuve en 1994. Desde ese momento hago terapia: primero con un hombre, buscaba un referente masculino; después con una mujer, necesitaba encontrarme en un lugar femenino. En ese tiempo era un síntoma desconocido, algo vergonzoso, y se creía que era un estado de locura. Es el punto máximo de la fobia. Es el miedo. Ocurrió de golpe, empecé a descomponerme. Estaba haciendo una novela, Nano, en la que mi papel era mudo. En un capítulo mi personaje habló por primera vez, al día siguiente no pude levantarme ya de la cama. Viví un estado de angustia muy alto, no podía respirar. Es una muerte súbita. Con taquicardia y sudores fríos. Ese personaje me movilizó muchísimo. No poder hablar. Cuántas veces uno calla tantas cosas de su vida –dice, y calla, la boca da un mordiscón a una madalena, el cuerpo se despereza para quitarse de encima un pequeño abrigo.

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(Un hombre puede vislumbrar el momento en que, ya en penumbras, la remera echa a volar y los pechos llenos estallan como frutos, puede intuir las pequeñas rugosidades de la piel y sus abruptas humedades, puede imaginarse haciendo cumbre en la súbita firmeza de un pezón.)

Araceli es una mujer de silencios, capaz de llenar el aire de palabras, pequeñas frases que apenas develan una parte breve de sí. Quiero saber cuándo fue consciente de su primer deseo por un hombre, quiero conocer alguna de sus fantasías sexuales, quiero averiguar cuánto se esconde detrás de tantos cuidados, de tanto recato.

–Tenía 13 años cuando me enamoré perdidamente de un chico que me llevaba cinco. Mi novio durante seis años. Terrible para mi familia. Era no dormir, vibraciones en el cuerpo –dice, y un relámpago de la memoria hace que el cuerpo vibre levemente, como un eco lejano, como una huella tatuada en la piel durante una adolescencia feliz.

No tenía demasiada información sobre la sexualidad, no la que tienen hoy sus hijos, al menos, el sexo era tabú en la mesa familiar, todo era algo ingenuo en aquella casa del oeste bonaerense aunque en los centros urbanos la escena rockera diera cuenta de la ambigüedad sexual y el teatro underground albergara una militancia gay. No había preguntas sobre el deseo, dice, todo era insomnio y mariposas en el estómago.

–¿Fantasías sexuales? No llegaba siquiera a imaginarlas. Teníamos otra inocencia –ríe, y un recuerdo se cuela en ese mundo rosa, lo destiñe, lo devora–. Mi vida tiene que ver con lo que fue esa época. El comienzo de mi adolescencia: 1978. Una época terrible. Se ocultaban cosas siniestras. No, en casa no circulaba información. La violencia no es necesariamente explícita. Son imágenes: corridas en la calle, alguien me viene a buscar al colegio por una amenaza de bomba, gente escondiéndose, de pronto un Falcon verde –dice, y la televisión todavía reproduce las escenas del día anterior en San Vicente, el féretro de Perón bamboleándose en medio de la multitud, los disparos, y la memoria regresa a la infancia–. Está muy bien la movilización, la demanda, pero no así. Lo que producen en mí esos momentos es el miedo a salir, el deseo de huir. Siento que el barrio donde vivo es cada vez más cerrado, el mundo es cada día más pequeño.

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Una vida ordenada, protegida, a resguardo de los demás. Está sola –los murmullos son muchos, ella es comidilla de los activistas del chisme–, y no expone a la luz sus deseos, no juega con sus fantasías, no tiene humor para eso: la intimidad es cosa seria. Desempolvo una idea suya que leí en una revista del corazón: no se siente atraída por el sexo fugaz.

¿No?

–No. No me divierte estar golpeando en distintas puertas. Me divierte mucho más cuando siento que estoy creciendo en una relación. El touch and go tiene un fin puramente sexual –dice "sexual" en un susurro, como si la palabra tuviera un peso extra o trajera un rastro de culpa de otro tiempo–. Provoca un vacío espantoso. Quizá sea más sencillo para los hombres. Aunque muchas mujeres lo hacen, y están bárbaras, o al menos dicen estarlo. Hablé con mujeres separadas y dicen que llega un punto en el que se aburren.

¿Y no hay fantasía de liberarse? ¿Es ese un sentimiento inconfesable?

–Me libero como puedo y de acuerdo con mis deseos. No me pongo metas de ser una mujer más libre. Las cosas van sucediendo, van evolucionando. Me voy liberando en lo que creo que me debo liberar. Me abro a otros campos. Averiguo qué es lo que deseo. Investigo aquellas cosas que me parece que vale la pena investigar. A veces me espanta el modo en que otras mujeres hablan con los medios: "A mí me calienta otra mujer", dicen. Y después dicen: "Bueno, lo dije para ratonear". Ese es el nivel de lo que consumimos a diario.

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¿Pero no es ésta la mujer que desde las revistas se muestra como una seductora serial?

–Me encantaría describir con exactitud cuáles son las diferencias entre hacer algo provocador como parte de un trabajo y tu vida, que no tiene nada que ver con esa provocación. En mi vida diaria no tengo tiempo de estar pensando a quien estoy calentando: están los candombes de la grabación, los quilombos familiares, los cuadernos de mi hijo. Esta profesión fue súper importante para mí, pero también tengo claro que puede terminar mañana, es efímera. Hago diferentes personajes que son para un momento determinado. No, no es que ese personaje diga poco sobre mí. Dice sólo una parte. Me gusta ser madre, ama de casa, profesional, sensual, provocadora. Mujer desesperada.

Araceli se entrega a la cámara como un regreso a los juegos de la infancia. Este año hizo un desnudo en Mujeres asesinas , pero no uno de esos que apenas demandan poner el cuerpo. Sintió miedo, y no precisamente por falta de entrenamiento en exhibir su cuerpo.

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–Me jugué. Nunca había tenido esa oportunidad, quizá por prejuicio de los otros, quizá por mis propios temores, y fue un desafío importante. Me dio mucho miedo hacerlo, dos veces dije que no. Pensé que no estaba suficientemente preparada. Me dio temor hacer a una asesina, porque a veces tenemos miedo de traspasar esa línea, siempre queremos controlar ese monstruo que todos llevamos dentro. Y el desnudo me provocó pánico. Jamás había hecho uno así. No me di cuenta cuando lo estaba grabando. Una tiene un pudor, no es loca –dice cuerdamente, sensatamente. El desnudo la asomó a alguno de esos abismos que la rodean, ha intuido el vértigo de una caída al vacío, los temblores y la euforia y el pánico que trae consigo el riesgo artístico. Ha tenido miedo, se ha detenido. Se ha angustiado porque los medios apenas retienen el gesto superficial de quedar al desnudo, carne y piel, no más que eso. Mantiene con ellos una relación ambigua, a veces tensa, siempre con los puños en alto y los ojos bien abiertos y las palabras justas, ni una de más.

–Lo que dicen raramente tiene que ver con lo que me pasa. En una época me angustiaba mucho, ahora ya no.

¿Y no es posible pensar una entrevista como un modo de interrogación sobre uno mismo?

–No me resulta tan agradable hacer notas. Soy un personaje público, es parte de mi trabajo, lo entiendo, pero no me da ganas contar tantas cosas, llegué a un punto en que estoy en una reunión de padres y de pronto noto que casi toda esa gente sabe algo de mi vida. Quiero protegerme más –dice, y el cuerpo se reclina en el sillón de la cafetería.

Estamos en un hotel de las afueras de Buenos Aires. Durante una hora he querido rasgar la tela que oculta el misterio. Sólo tengo conjeturas. La imagen –tan sólo eso: una imagen, una sombra, un retazo de luz– es un reflejo pálido de la mujer que se esconde en la penumbra. Le digo, entonces, que esta noche recibirá un correo electrónico con algunas preguntas: el cuestionario Proust, preguntas al azar que en algún tiempo debió responder el autor de En busca del tiempo perdido y que a lo largo de los años han reproducido muchas revistas con ligeras variaciones.

Son preguntas insustanciales en su apariencia (Borges decía que las preguntas nunca son estúpidas, en todo caso lo son las respuestas) y poco dañinas:

¿Qué personaje te haría cruzar de vereda?

¿Cuál ha sido la peor imprudencia de tu vida?

¿Qué hora preferís para el amor?

¿En qué lugar te gustaría que te sorprendiera el fin del mundo?

¿Cómo supiste que había llegado el hombre de tu vida?

Cosas así.

(Dos días después de haber enviado el cuestionario Proust, una asistente me pasará un celular para que la llame. Araceli no responderá el correo electrónico ni los tres mensajes que dejaré en su teléfono. Estaría ya en su burbuja, agazapada, resguardada por sus afectos más cercanos, o jugando alguna escena sensual para una cámara fotográfica que nunca podrá atraparla del todo aunque la refleje una y mil veces, y una más.)

En el atardecer deslizo con cuidado el tema sobre el cual le han preguntado todo: los hombres.
–El ocultamiento tiene su gusto –dice–. Me resulta interesante el enigma, huyo de la obviedad. Si me preguntás qué hombre me interesa te digo esto: el hombre misterioso, aquél que no puedo terminar de descubrir. Un hombre del que sé poco de su vida, y del que quizá nunca lo sabré todo. Un hombre que no haga de su vida una cosa pública y no se deje ganar por la ostentación. Un hombre que no haga de la provocación y la conquista un ejercicio diario. Un tipo más evolucionado, más plantado. Estoy en una edad en la que quiero relajarme, sentir que hablamos el mismo idioma, que la verdad existe acá. Poder descansar con esa certeza. Quiero llegar a casa, sacarme la armadura, relajarme –dice, y siento que quiere relajarse ahora.

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(Un hombre puede intuir las zonas más vulnerables de una mujer, también; puede mirarla a los ojos sin llegar jamás al fondo de esa otra mirada, puede percibir el deseo que tiene esa mujer de aventurarse en una vida artística más osada y el miedo que le provoca ese salto.)

Las piernas se levantan del sillón, caminan rumbo al estacionamiento; Araceli me da un beso con la vista perdida en alguna parte, como si una vez más no estuviera del todo aquí.

–Chau, nos seguimos viendo –dice cuando ya está de espaldas.

Hasta la vista, baby.

Por Víctor Hugo Ghitta
Fotos de Machado Cicala
Estilismo de Teresa del Valle


Fuente: La Nación.
 
1 Comments:


At 11/22/2006 01:58:00 p. m., Blogger Mr. Daho

La fuentes Brando, Maxi. Me mata la foto 5. Dios, que mujer!

 



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